EL OMBLIGO

Reflejos dorados en la mesilla. Cae la tarde.

Las cosas se van enfundando poco a poco sus pequeños pijamas de sombra, mientras la piel de una espalda da la bienvenida a una caricia que parece no acabar nunca.

El ventilador del techo filetea los jadeos que ascienden como el humo, mientras cuatro rosas blancas se derriten en un jarrón. 

Mis dedos son enredaderas que trepan por tus caderas y las horas juntos, garras que se clavan en el cuello del destino.

Tus dedos ahora son rastrillos en mi pelo y tus labios pedazos de carne roja sobre la cúpula de mi cielo.

Huellas del pasado que desaparecen en el vórtice de tu ombligo.

Desco71

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